Este artículo se publicó en Altermondes y fue traducido por Alma Fernández Simón para Le loup Translations.

Los pulmones del planeta pierden su aliento. Las selvas contribuyen a la lucha contra el cambio climático, porque almacenan gas carbónico. Las selvas tropicales son las que lo hacen en mayor medida. Su preservación es por lo tanto un objetivo primordial para la humanidad y su medioambiente. Sin embargo, en la realidad, este objetivo tiene muy poco peso frente a los poderosos intereses económicos.

Por David Eloy

“Un logro importante en un mundo que lo necesita realmente”. Con estas palabras, el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, ha celebrado el acuerdo resultante de la Conferencia sobre el Cambio Climático de Cancún, el pasado diciembre. Entre los dispositivos clave: el REDD, un mecanismo destinado a reducir la deforestación, que es la causa del 15 al 20% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Las selvas han regresado a la agenda política. ¿Por qué alegrarse? Según Frédéric Castell, responsable del programa biodiversidad, áreas protegidas y selvas del GRET: “Restringir el tema de las selvas al clima puede ser una trampa. Ya no nos planteamos la deforestación. Solo queremos monetizar un mecanismo”. Y su colega Jean-François Kibler insiste: “¿Acaso vamos a asistir a la dimisión del político que esté a favor del mercado?”

Los motores de la deforestación

A pesar de que haya descendido sensiblemente la década pasada, la tala sigue progresando al alarmante ritmo de 13 millones de hectáreas por año. Y como muy a menudo ocurre, el fenómeno está muy mal repartido, ya que en primer lugar, las selvas retroceden en las regiones tropicales. Paradójicamente, la causa de la deforestación no es únicamente la explotación comercial de las maderas tropicales. Al contrario. “El rápido desarrollo del aceite de palma es, incontestablemente, uno de los motores principales de la deforestación”, recalca Alain Karsenty, economista en el CIRAD. “En el Sureste de Asia, más de un 50% de la expansión de las plantaciones de palmas aceiteras se ha llevado a cabo a costa de las selvas”. Y este hecho se ha extendido a África, empezando por Gabón, Liberia y la República Democrática del Congo (RDC). “El desarrollo de la agroindustria para responder a una demanda mundial creciente es lo que más se está poniendo en tela de juicio”, explica el economista. Y es que el aceite de palma está presente en casi todos los productos de consumo corriente, desde los congelados hasta los cosméticos.

Un problema de modelo

“Los regímenes alimentarios a escala mundial han cambiado”, prosigue Alain Karsenty. “El consumo de carne roja no deja de aumentar, sobre todo en los países emergentes”. Brasil se ha propuesto convertirse en líder mundial en producción bovina. “Para lograr sus ambiciones, ha puesto en marcha una política de préstamos a tasa reducida, o casi nula, para que los ganaderos puedan aumentar su superficie”, precisa Jérôme Frignet, encargado de Campaña Selva en Greenpeace Francia. “El crecimiento exponencial de la producción bovina se lleva a cabo en detrimento del Amazonas”. Lo mismo ocurre con la expansión de las plantaciones de soja para alimentar a las vacas europeas. Pero la agricultura no es la única causa. Otro fenómeno está tomando importancia hoy en día. “En gran número de países, se observa una multiplicación de la apertura de minas”, se preocupa Alain Karsenty. “Los valores del hierro, del oro, del cobre… se han volatilizado. Actualmente es muy rentable abrir concesiones en zonas forestales que hasta ahora permanecían inaccesibles”. “Hoy en día pagamos treinta años de dejadez y de falta de inversión en las políticas agrícolas del Sur”, analiza Alain Karsenty. “Sin embargo, numerosos estudios prospectivos han demostrado que invirtiendo masivamente en la agricultura y sosteniendo las explotaciones familiares, tendríamos los medios para alimentar convenientemente al mundo, protegiendo las selvas al mismo tiempo”; de hecho, más bien se les ha pedido a los países del Sur que lo apostaran todo a la exportación y los capitales extranjeros. Esta política, basada en la explotación descarada de los recursos naturales del Sur por el Norte, ha tenido como consecuencia la promoción de un modelo de consumismo que no es para nada sostenible. El régimen alimentario occidental no se puede extender a los casi siete billones de individuos que pueblan el planeta. Los recursos no serán suficientes. “Hay que imaginar una sociedad de la sobriedad”, concluye Alain Karsenty. Y el primer paso deben darlo quienes tienen una responsabilidad histórica en esta situación: los países occidentales. “Mientras no reduzcamos la demanda de los países ricos de aceite de palma y de carne, necesitaremos acaparar el espacio ecológico de los países del Sur”, confirma Sylvain Angerand, encargado de Campaña Selvas en Amigos de la Tierra. “Hay que replantearse la concepción de las políticas de desarrollo adoptadas desde la Revolución industrial, basadas en el crecimiento”. Las políticas públicas europeas están en el punto de mira. Se les reprocha su falta de coherencia, algunos dirán su hipocresía. En efecto, ¿cómo se puede pretender luchar contra la deforestación adoptando una legislación que favorece los agrocarburantes? “Recientemente, la Comisión Europea ha reconocido que esa política podría traducirse, de forma indirecta, en un cambio de afectación de aproximadamente 4,5 millones de hectáreas de selva”, se ofende Jérôme Frignet. Y Sylvain Angerand se suma a esta opinión: “¡No se le puede exigir a Indonesia que proteja sus selvas y al mismo tiempo pedirle que exporte cada vez más aceite de palma!”. Y además, ¿qué se puede decir de los acuerdos de libre intercambio que la Unión Europea negocia con América Latina y a través de los cuales se comprometería a aumentar sus cupos de importación de carne bovina sudamericana, principal motor de la deforestación, a cambio de un acceso a los mercados públicos locales para sus empresas?

Buenas políticas

A los que se preguntan si reducir la demanda de los países del Norte no penalizaría a las poblaciones del Sur, Sylvain Angerand les contesta: “¿Acaso la expansión de las plantaciones de palma aceitera ha permitido la reducción de la pobreza en los países del Sur? ¡Ésta es la verdadera pregunta!”. Para ser beneficioso, el cambio político en el Norte debe acompañarse de un cambio político en el Sur. Brasil, que durante mucho tiempo ha sido tachado de muy mal alumno, hoy está dando ejemplo. Su tasa de deforestación es de 650 000 hectáreas por año, frente a los 2 millones de hectáreas de la década pasada. “El Gobierno Lula ha llevado a cabo políticas muy interesantes. La zonificación de la Selva Amazónica ha permitido delimitar con precisión áreas protegidas, territorios indígenas y distintas categorías de zonas de explotación forestal”, detalla Jean-François Kibler. El proceso es largo y complicado, pero asocia las distintas partes interesadas entre las que está la sociedad civil. “En 2006, Brasil decretó un moratorio sobre la conversión de las tierras para la producción de soja y detuvo su política de incentivar el desarrollo de soja en el Amazonas. El sindicato de negociantes se ha comprometido incluso a dejar de comprarles soja a los granjeros sospechosos de haber aumentado su superficie de terreno en detrimento de la selva”, dice Jérôme Frignet, lamentando que ahora haya que luchar en el frente de la ganadería bovina. En materia de lucha contra la deforestación, las buenas políticas pasan primero por el desarrollo de nuevas prácticas agrícolas. “No podemos conservar el modelo actual de producción agrícola, por razones tanto económicas como ecológicas”, recuerda Alain Karsenty. “Hay que reinvertir en la innovación agrícola, utilizando dinámicas naturales y apostando por la agricultura familiar”. La protección de la propiedad también es una prioridad. ¿Por qué no considerar que la protección o el desarrollo sostenible de las selvas puedan abrir derechos a la propiedad? En particular porque asegurando la propiedad, se evita que comunidades que preservan las selvas sean eliminadas de la noche a la mañana para otorgar una concesión a una empresa forestal o minera. “Los Penan de Borneo, así como los Kayapo del Amazonas nunca han sido consultados acerca de los proyectos de PRESAS que van a destruir los territorios forestales en los que han vivido siempre”, recalca Sophie Baillon del Survival France. “Nunca han dado su consentimiento. Está en contradicción total con los instrumentos internacionales ratificados por su país, como la Declaración de Naciones Unidas acerca de los derechos de los pueblos autóctonos o la Convención 169 de la Organización Internacional del Trabajo”. Son muchas las medidas que necesitan primero una reforma en profundidad del gobierno. “Necesitamos ayudar a algunos Estados a definir políticas a largo plazo para la utilización de las tierras, a adoptar y a hacer aplicar leyes realistas y equitativas, a rehabilitar la justicia…”, afirma Alain Karsenty. Si la ley forestal ha permitido reducir la deforestación en Brasil, es también porque el Estado está capacitado para respetarla. En 2011, el Estado congolés definirá su estrategia nacional REDD. Una apuesta considerable. “¿Cómo nos aseguramos de que la legislación actual se aplica en un país como la RDC?”, se pregunta Frédéric Castell.

A pillo, pillo y medio

La labor es enorme y el mecanismo REDD, apadrinado por la Conferencia de Cancún, llega en el momento preciso. “Las negociaciones climáticas atraen a los Estados del Sur con sumas considerables, haciéndoles perder la cabeza”, se lamenta Jérôme Frignet, temiendo la multiplicación de las estrategias y de los proyectos amañados para captar fuentes financieras. Indonesia, tercer país emisor de gases de efecto invernadero en el mundo, negocia en estos momentos un acuerdo con Noruega. En juego: el pago de un billón de dólares a cambio de una moratoria de dos años sobre la conversión de nuevas tierras en plantaciones. Sin embargo, el 31 de diciembre de 2010, víspera de la entrada en vigor de la moratoria, el gobierno atribuyó más de 3 millones de hectáreas de concesión para plantar palmeras aceiteras… “No creo en la eficacia de incitar con dinero a los Estados a preservar las selvas”, recalca Alain Karsenty. “La actitud más racional para un país no es cambiar sus prácticas (eso implica demasiados costes políticos), sino negociar las reglas más favorables y seguir haciendo ‘business as usual’”. Sin contar los efectos perversos derivados: cuando se paga a un país por proteger su selva, éste tenderá a querer más dinero por seguir haciéndolo. “En cambio, remunerar a los campesinos por contribuir activamente a la lucha contra la deforestación me parece una vía que habría que explorar. Hay deforestación porque otros usos son más rentables que la utilización sostenible de la selva, por lo menos para quienes talan”. Lo que resumen Frédéric Castell y Jean-François Kibler exigiendo que se unan mejor el desarrollo local y la protección del medioambiente. ¿Acaso eso no sería, parafraseando a Ban Ki-moon, un logro importante en un mundo que lo necesita realmente?